EL RASTRO DISGREGADO DE LOS SONIDOS

Jose Angel Torres Salguero
Texto para el catálogo.

La música solo existe mientras dura la audición,

como Dios mientras dura el extasis.

E. M. Cioran. Ese maldito yo

En los últimos trabajos y series que hemos ido conociendo de Juan Ramón Fernández Molina y particularmente en Suite, que ahora nos ocupa –como un fin de ciclo quizá o un camino a nuevas propuestas tal vez-, se ha producido en su pintura una simplificación, una decidida y consciente reducción de elementos, tanto en el nivel compositivo en el que todo el lienzo es ahora un único plano -y motivo único y única imagen a la que enfrentarse, en la que sumergirse sin prejuicios- como de los elementos materiales que la sustentan. Y es que hay también en las piezas-partes de esta Suite una deliberada búsqueda de la sencillez y la austeridad a la hora de ejecutarlas materialmente, buscando con ello captar más fielmente la esencia desnuda del ser que pretende ser toda obra pictórica; por eso son obras realizadas directamente sobre el lienzo sin tratar –soporte austero-, sobre el alma desnuda y limpia de la pintura y, además, realizadas con acrílico puro en un único color, sin más mezcla que la de su propia disolución, atrapando en cada obra, para que podamos contemplarla, la huella de su esencia al desvanecerse.

El proceso creativo es sencillo, se trata de la pura superposición (calculada en el gesto, en la extensión que acota el mismo, paciente en su ejecución) de manchas independientes, que por acumulación definen un nuevo y más cercano campo de visión, frente al que hasta ahora nos tenía acostumbrados el autor. La materia es aquí pintura diluida, casi líquida, dispuesta en una sucesión de gradaciones nacidas de la superposición de unas manchas sobre otras, construyendo frágiles texturas con las veladuras resultantes. Ahora, en esa nueva cercanía donde se cruzan y superponen unas manchas sobre otras, en el rastro de la esencia matérica desleída, casi ausente, destaca con más claridad un efecto tierra de nadie, una ambigua línea fronteriza entre las manchas, que une y separa y que por acumulación se transforma en el elemento clave de estas obras. Estas tierras de nadie son resultados del gesto premeditado, son la huella que dirige el ojo, configurando una forma de mirar con su presencia. Y es la huella lo que vemos, los múltiples rastros que marcan el interior de un todo, que construyen un todo superponiéndose, despareciendo unas en otras, con su gradación de espacios indeterminados.

Cada mancha -como un ladrillo levanta un muro por la adición de otros iguales- es una huella específica y definida claramente; un gesto calibrado en su extensión e intensidad, en el efecto sobre el conjunto que de su suma resulta. A medida que estos elementos van tomando cuerpo unos sobre otros y disolviéndose unos en otros, asistimos al nacimiento de un nuevo espacio, un nuevo paisaje -ahora sí- puramente abstracto; un paisaje interior ajeno a otras referencias que no sean las que de él resultan. Es un refugio donde sentirse a salvo, esa suite como espacio habitable con la que, ambivalente, juega el título de la serie; las pinturas que componen Suite son un compendio de espacios del alma en los que habitar, realizados a base de residuos del fragmento, espacios inescrutables para la reflexión y el silencio.

Con esta reducción de elementos formales llega Juan Ramón Fernández Molina a la eliminación de toda referencia paisajística, de las formas y contornos reconocibles que sustentaban anteriores series suyas como Tierras y Horizontes.Y ello porque ahora se ha producido una aproximación en el espacio que antes podíamos reconocer. Estamos en un plano más cercano al de sus anteriores horizontes, en los que aún había un resquicio determinante para marcar el cielo -un decrecido elemento aire frente a la rotundidad del elemento tierra-, estamos ya en el interior mismo de lo representado. La imagen ahora resultante está más allá del marco pictórico, superándolo, evidenciando que estamos ante sólo un fragmento de una composición aún mayor que podría continuar hasta el infinito -ancestral ansia de toda pintura también-, una mancha más de fronteras imprecisas cuyos bordes nunca alcanzaremos.

Hay, en fin, en estos trabajos una búsqueda deliberada de la abstracción, la etérea abstracción de la música -delatada también en el doble juego del título de la serie- frente a la imprecisa y terminal figuración de los anteriores paisajes del autor. Música, la condición inasible de los sonidos, sus reverberaciones en nuestros oídos, trasladada al fluir leve del color en nuestra retina. Es, pues, Suite un viaje a la esencia, donde antes el silencio era visible, como un elemento más, disgregable de los demás, ahora se ha desvanecido convertido en todo, convertido en material de lo representado -sustancia y materia-, convertido al fin en sonido; desvelándonos que es la combinación inasible de sonido y silencio, una y otra vez, sin márgenes que definan dónde empieza el uno y se hace el otro, la materia última de la música, la materia única de esta Suite.

 

José Ángel Torres Salguero