Entornos.

Antigua iglesia de Santa Ana. Castillo de Magacela. Badajoz. Proyecto - Paisaje Expandido- Aupex. Comisariado por Martín Carrasco.

Dolmen. Carbón compuesto/ papel

¿Por qué algunas obras de arte poseen la capacidad de llenar el espacio? Y cuando digo “llenar” me refiero a impregnar, a envolver el entorno en una atmósfera en la que nos sentimos atraídos sin saber muy bien porqué, y de algún modo impelidos a un encuentro. Esta pregunta me la he hecho más de una vez al contemplar la pintura de Juan Ramón Fernández Molina (Badajoz, 1967).

Una pintura, como digo, capaz de expandirse más allá del espacio plástico, y que el propio artista califica de “perfume”, “Como un eco, una esencia, un perfume que te recuerda algo, pero no lo uso como sitio donde quiero llegar, sino como algo que acompaña a ese perfume”. Merodeamos el territorio de lo inasible, un espacio donde las huellas de la pintura de Juan Ramón se acercan más al “ser” que a las contingencias del estar.

Cuadros que son restos de “naufragios”, de predominio de tierras y ocres, donde también caben amplios horizontes abiertos a lo azaroso. Territorios simbólicos tejidos por el despojamiento y la reducción cada vez más de los medios. La pureza de las formas está ligada íntimamente a la sencillez del gesto -siempre leve-, entre sensaciones anímicas al margen de las palabras. “Lo elusivo –escribe Ruiz de Samaniego- de los cuadros de Juan Ramón Fernández Molina tiene relación, naturalmente, con la necesidad del secreto. Y con un régimen del objeto y de la imagen, y del sí mismo, que también tiene que ver con la protección, con el cuidado o, en términos claramente heideggerianos, cura.”

Luego está lo sublime, Friedrich en la memoria: “Cierra tu ojo físico, con el fin de ver ante todo tu cuadro con el ojo del espíritu. (…) El pintor no debe pintar únicamente lo que ve ante él, sino lo que ve en él”. Quizás entonces podamos atisbar el encuentro.

 Martín Carrasco