Huella, traza, sombra y vuelo

Javier Cano
Texto para el catálogo

El situacionista Guy Debord en uno de sus comentarios escribía que los hombres se parecen más a los tiempos que viven que a sus propios padres. Y así es. Hoy no es fácil encontrar a artistas que acudan a los tratados sobre arte. Y más difícil es aún que sus obras se impregnen de las reflexiones y deducciones que de ellos puedan extraerse. Vivimos en una sociedad donde el espectáculo florece, por emplear un término amable, en cualquier parte de nuestro quehacer diario, y no conviene usar la razón y pasar a pensar que  formamos parte de esa sociedad.

Esta reflexión viene al hilo de una lectura pausada de la obra Rerum Natura de Lucrecio que ha hecho Fernández Molina, y viene al hilo de las formulaciones que enuncian sus versos, donde “nada nace de la nada” y “nada vuelve a la nada”. Esto es,  de cómo Juan Ramón juega con la materia y su infinitud, con las partículas y el vacío en esta serie de Los Pasos. A partir de aquí se abre un número ilimitado de mundos sometidos al nacimiento y a la muerte. Y sobre ese principio vital se desarrolla todo un proceso pictórico que va desde el uso la huella hasta la impronta que dejan las pinceladas para aprehender la realidad.

I

De la huella y de la traza.

 La huella y los trazos que se entrevén en la pintura de Fernández Molina nos advierten, dentro de ese principio vital apuntado, de la presencia física del hombre. Las manchas y las líneas dejadas en el papel no son sino los reflejos de  las emociones y del contacto. Actúan como  un palimpsesto se  al reescribir sobre las huellas de los dedos, sobre la pura intuición inicial,  trazos que nos introducen irremediablemente en un proceso de abstracción.

 A pesar de lo dicho, Dubuffet, con su mirada mordaz, reflejó toda una época con unos trazos a tinta china y grafito que nos sugirieron gestos que no se saben bien si son escritura o pintura.  Twombly quiso manifestar la idea de ambigüedad al representar a la vez lo que es legible y lo que es ilegible, lo que es verbal y lo que es figurativo, obligándonos a ver sus cuadros como auténticos rastros mentales. Y si sumamos estas dos ideas sobre el gesto y la mente podemos enfrentarnos al trabajo de Fernández Molina, a la composición espontánea e inmediata, a la noción  sobre lo pasajero, sobre la ligereza a simple vista, donde el papel parece extrañar la impresión de unos dedos o el rasgado de un trazo de tinta negra. La primera ocupa el espacio y el segundo señala un camino: son posturas enunciativas en las que confluyen el primitivismo y la linealidad, el fragmento y la inscripción, el gesto y el signo. Pasos a seguir en un recorrido largo y pausado, como el de la misma pintura.

II

De la sombra y del vuelo.

 El papel va adquiriendo en este tránsito la condición de espacio troceado, recorrido e, incluso, espacio comprimido al proyectarse sobre él las sombras. Así la serie adquiere con el sombreado un tinte dramático, al oponerlo, como el propio Caravagigo lo hizo,  a la luz y al color. Platón, Aristóteles,  Plinio, Quintiliano, Giordano Bruno, Alberti, Leonardo, Vasari… se congregan para dialogar acerca de la vacilación de la oscuridad y la ausencia de luz en la pintura de Fernández Molina. Observan con detenimiento los trazos gruesos de barra, la forma en su esencia, las líneas anchas que traducen sentimientos y dejan deliberadamente espacios en blancos para meternos en un  cuadro dentro de otro cuadro y obtener con ello a la par un efecto unitario; efecto que irá manifestándose en interlineados más dispersos para que la pintura emprenda su vuelo, viva su propia aventura.

 

 Juan Ramón nos va sumergiendo un viaje iniciático que requiere algo más que nuestra mirada. Parece como si esas redes trazadas o pintadas viniesen  de un tiempo inmemorial, de la oscuridad perpetua, de la expresión más genuina del hombre, como si fuese un mensaje (que algo tiene de telúrico) lanzado al aire, una obra abierta a la espera de una interpretación. Una pintura abstracta al borde de la figuración (en ese umbral que señala Michel Hubert Lépicouché en Mas allá del horizonte), una pintura llena de referencias, una pintura tensa, una pintura sobria (como apunta José-Ángel Torres Salguero en El rastro disgregado de los sonidos) que nos remite a la mano y al pincel, al cuerpo y a la mente, al exterior y al interior, a la metamorfosis de los signos y a la intensidad con la que nos trasmiten un mundo en movimiento, a la sugerencia de una idea y, por supuesto, a la posibilidad de imaginar.  El signo trazado se libera y ahora se dispone a desaparecer, a ser casi una evocación, a describir lo indecible.

III

A modo de conclusión.

 Si vivimos inmersos en una sociedad a la que nada le interesan los tratados, si  apenas somos incapaces de sugerir mundos porque nos vienen ya dados, si enunciar es difícil e interpretar los signos casi un imposible, Fernández Molina y su pintura forman parte de estos tiempos de dudas y confrontaciones. Su afán, como señala el teórico suizo Raphaël Brunner en L’art et la culture, se concentra en buscar un origen, un lugar, una tierra y una creencia con el fin de hacer frente a la crisis de legitimación que constantemente llama a las puertas de la Historia.

 

Javier Cano