VAHO SOBRE LA PIEL DEL PAPEL

Francisco Carpio
Texto para el catálogo

Enfermo en viaje,

Mis sueños vagan,

Por los campos áridos.

Matsuo Basho

En su ensayo de 1973, Apariencia desnuda. La obra de Marcel Duchamp, Octavio Paz nos habla del aire como de uno de los motores, infraleves e infrafinos, que impulsan el movimiento del Gran Vidrio desde su propio interior: “Del ser deseante de ser de la `avispa´ nace otra de sus propiedades: una corriente de aire interior. No es exagerado llamar a esta corriente de aire un soplo vital: el ánima o espíritu de la Novia […] La corriente de aire cálido que recorre las distintas partes de la maquinaria y las pone en movimiento es una metáfora del alma deseante y, asimismo, de la sexualidad…”

 Por otra parte, no está de más recordar que, desde principios de los años sesenta, y en contraposición a determinados componentes “enfáticos y dramáticos”, propios de las vanguardias, surge un tipo de obras, heterogéneas en cuanto a formas y materiales, que apuestan decididamente por conceptos como levedad, ausencia o frágil fugacidad. Son creaciones suaves y delicadas,  que a menudo invocan elementos tan sutiles y etéreos como pueden ser la luz, los espacios vacíos o el aire.

En esta vocación por lo mínimo en lugar de lo máximo, de lo débil (que en el fondo es la otra palabra de la fortaleza…) frente a lo poderoso, de lo liviano frente a lo rotundo, situaría yo “Breeze”,  la nueva propuesta expositiva de Juan Ramón F.: “Brisa suave que acaricia” (también aura o halito), como él mismo nos señala. El aire -de nuevo- con todos sus símbolos y metonimias, como gasolina, delicada, sutil, cómplice, del motor de la creación artística.

Tras su última exposición en el 2008 en esta misma galería, “Del viento”, (que curiosa, o no tan curiosamente, invocaba asimismo otro elemento aéreo hermano), y en la que el aluminio actuaba en su gran mayoría como soporte y receptor de la pintura, con todas las connotaciones de fisicidad, dureza y especularidad que ese material comporta, ahora, para este nuevo proyecto, ha elegido una piel bien distinta (y distante) sobre la que depositar las huellas (un término sobre el que volveré enseguida) de la representación. La piel del papel, y sus infinitas texturas.  Así, frente a lo corpóreo nos propone lo casi intangible, frente a la pesantez, lo ligero, frente al deslizamiento y a la no penetración, la absorción y la sed de lo húmedo en su deseo de ahondar más allá de la superficie.

De esta forma, el viento se metamorfosea en brisa, en el aliento sutil del vaho de un dios ligero, pero no menor. El papel, con su epidermis aparentemente más débil y frágil –sólo aparentemente-, invita e incita a la pincelada a emprender un viaje más suave y dúctil, menos rotundo y previsible. El viaje de lo leve, del murmullo, de la ebriedad de lo mínimo. Una música que, sin duda, nos remite a determinadas estrategias de cierta pintura oriental, conectada al gesto, al trayecto y a la inmediatez de las formas caligráficas. Analogía a la que igualmente contribuye la elección de los materiales: tinta china y barra de tinta china, acrílico casi trabajado como aguada, el tacto mineral del lápiz, y la sencillez de los registros cromáticos, reducidos al negro, a ciertos rojos y a los matices del gris.

En estas obras, de variados y dispares formatos y registros, las huellas de la pintura (porque, digámoslo ya, se trata de una huella: ese tipo de impronta, más relacionada con la levedad de la sombra que con la gravedad de los cuerpos) parecen estar suspendidas en el espacio de la representación.

Como toda traducción pictórica de la realidad que emplea las polisémicas gimnasias representativas de la abstracción, estas obras suponen en gran medida un reflejo y un eco -en ocasiones quizás pálido y distante, pero verídico- del paisaje.

Para Javier Maderuelo el concepto paisaje es un constructo, una elaboración mental que realizamos a partir de “lo que se ve” al contemplar un territorio, un país. El paisaje será también el continuum de factores culturales y estéticos que definen, signan y representan  un territorio, un lugar o un paraje.

Pero también sabemos que toda reflexión sobre el paisaje, sobre la naturaleza, comporta una posición subjetiva, interior, una mirada más cercana a lo sublime que a la mera reproducción exterior de su fisicidad.

En este sentido, Gaspar David Friedrich, un sublime explorador de lo sublime, nos dirá: “un pintor debe pintar no sólo lo que ve ante sí, sino también lo que ve en el interior de sí mismo”. Y eso es lo que yo creo que son en esencia estas obras: un retrato introspectivo y dual de lo que Fernández Molina ve en el interior de sí mismo o, por decirlo de otro modo, una suerte de instantáneas mentales (y sensibles) producto de lo que provoca dentro de él la contemplación de la naturaleza (externa e interna: aspirar – expirar…)

Instantáneas que nos recuerdan, por su voluntad de captar -como si fueran epifanías- la sutil esencia de lo natural a través de una gran economía de medios expresivos, al lírico idioma de los haikus; lo que, a su vez, nos remite de nuevo a esa influencia de determinados comportamientos artísticos vinculados a la estética oriental. Aire – Brisa – Viento. La respiración infraleve de un dios tranquilo y curioso.

Francisco Carpio